🇮🇹 IT · Italia · Capítulo 2 de 8
La Ópera: El Teatro Musical que Italia Inventó y el Mundo Adoptó (1600–presente)
En 1597, en Florencia, un grupo de intelectuales y músicos que se llamaban a sí mismos la **Camerata Fiorentina** estrenó una composición llamada *Dafne* — la primera obra que combinaba texto dramático con música continua cantada en una historia que se desarrollaba en el tiempo como una obra de teatro. La habían inventado queriendo recuperar el teatro griego antiguo, que según ellos tenía música que acompañaba las palabras. Lo que crearon, sin proponérselo del todo, fue algo completamente nuevo: la **ópera**.
Italia llevaba ya siglos produciendo música religiosa y profana de alta calidad, con escuelas de composición que irradiaban desde Venecia, Roma, Nápoles y Florencia. Pero la ópera fue otra cosa: un teatro total donde la música no acompañaba a la narración sino que era la narración, donde las emociones más extremas encontraban en la voz humana — entrenada hasta los límites de lo posible — su expresión más directa y más poderosa.
En los cuatro siglos que siguieron, Italia perfeccionó esa invención hasta convertirla en el arte musical más influyente de la civilización occidental. Los grandes compositores de ópera del siglo XIX y principios del XX — Rossini, Bellini, Donizetti, Verdi, Puccini — son figuras cuya influencia se extiende más allá de la música clásica para alcanzar el cine, el teatro musical, la cultura popular de todo el mundo.
El bel canto: la voz como instrumento supremo
El primer gran período de la ópera italiana — el que va desde principios del siglo XIX hasta mediados del mismo — está definido por el concepto del bel canto: el "bello canto", la técnica vocal que pone la belleza del sonido por encima de todo, que exige al cantante agilidad, pureza de timbre, control perfecto del fiato y la capacidad de ornamentar la melodía con trinos y floreos que demuestran el dominio absoluto de la voz.
El maestro del bel canto fue Gioachino Rossini (1792–1868) — nacido en Pésaro, muerto en París, vivido en todas partes. Rossini escribió treinta y nueve óperas en menos de veinte años, con una velocidad que sus contemporáneos encontraban tanto asombrosa como sospechosa. Il Barbiere di Siviglia (1816) — "El Barbero de Sevilla" — es su obra maestra cómica: dos horas de intrigas amorosas, disfraces, arias imposibles y la energía indetenible de quien escribe música porque no puede hacer otra cosa. Su obertura — una de las más reconocidas en la historia — empieza con calma y se acelera hasta convertirse en una carrera que el oyente no puede resistir.
Rossini se retiró a los treinta y siete años — cuando su fama era total y su genio estaba en su punto más alto — y nunca explicó completamente por qué. Vivió cuarenta años más sin escribir óperas, cocinando, recibiendo visitas, siendo el hombre más famoso de Europa. Es el único músico en la historia que eligió el silencio en la cumbre.
Vincenzo Bellini (1801–1835) fue lo opuesto a Rossini en temperamento: trabajaba despacio, con una meticulosidad dolorosa, y murió a los treinta y tres años dejando diez óperas que incluyen algunos de los momentos más sublimemente bellos de toda la tradición operística. Norma (1831) — con la aria "Casta Diva" — es para muchos la obra cumbre del bel canto: una melodía que asciende con tal inevitabilidad que parece que siempre existió y el compositor solo tuvo que descubrirla. Chopin quiso que tocaran Norma en su funeral.
Gaetano Donizetti (1797–1848) fue el más prolífico de los tres: setenta óperas, varias de las cuales son pilares permanentes del repertorio. Lucia di Lammermoor (1835) elevó el aria de locura a una forma de arte propia: la soprano que desciende a la demencia después de la traición y el asesinato, cantando con una voz que se fragmenta y se dobla sobre sí misma con la misma arquitectura de la mente que se rompe. L'elisir d'amore (1832) fue su polo opuesto: comedia ligera, con "Una furtiva lagrima" — el aria del amor que no se atreve a declararse — como una de las melodías más perfectas del repertorio.
Verdi: la ópera como nación
Giuseppe Verdi nació el 10 de octubre de 1813 en Roncole, cerca de Parma, en una familia humilde. Su padre era tabernero. Estudió música en Busseto y luego intentó entrar al Conservatorio de Milán: fue rechazado. Esa negativa le marcó de por vida — el compositor más importante de Italia del siglo XIX no podía estudiar en el Conservatorio de Italia.
Empezó bien, con algunas óperas que tuvieron éxito moderado. Luego vino la tragedia: su esposa y sus dos hijos murieron en el espacio de dos años. Verdi, destrozado, prometió no volver a escribir óperas. El director de La Scala, Bartolomeo Merelli, literalmente le forzó el libreto de Nabucco en las manos.
Nabucco (1842) fue el momento en que la carrera de Verdi comenzó de verdad — y también el momento en que la ópera italiana se convirtió en política. La historia del rey babilónico y los esclavos hebreos en cautiverio resonó de manera inmediata con el público del norte de Italia, que vivía bajo ocupación austríaca. El "Va, pensiero, sull'ali dorate" — el coro de los esclavos que imploran volver a su tierra con el pensiero volando "en alas doradas" — se convirtió en himno del movimiento de unificación italiana, el Risorgimento.
Los austriacos veían aparecer en los muros de las ciudades la inscripción "VIVA VERDI" y pensaban que era un homenaje al compositor. Era también un acrónimo político: Vittorio Emanuele Re D'Italia — el candidato al trono de una Italia unificada. Verdi, que no se consideraba a sí mismo político, había escrito sin proponérselo el grito de guerra de un movimiento de liberación nacional.
La trilogía de sus años de mayor potencia compositivaRigoletto (1851), Il Trovatore (1853), La Traviata (1853) — representó el salto definitivo hacia la madurez dramática. Rigoletto — la historia del bufón que trata de proteger a su hija y fracasa de manera devastadora — le planteó problemas con la censura austriaca, que no toleraba que un rey fuera representado como un libertino asesino. Verdi cambió el escenario: el rey se convirtió en duque, el Duque de Mantua, cuya "La donna è mobile" — la canción del mujeriego que dice que las mujeres son volubles — se convirtió en una de las melodías más reconocibles de toda la ópera.
La Traviata — basada en La Dama de las Camelias de Alejandro Dumas hijo — escandalizó al público del estreno en Venecia: una cortesana como protagonista romántica, una historia de amor destruida por los convencionalismos sociales. Hoy es una de las óperas más representadas del mundo.
Aida (1871) fue el encargo de su vida: el Jedive de Egipto le pidió una ópera para la inauguración del Teatro de la Ópera de El Cairo — aunque en realidad se estrenó allí después, cuando el teatro abrió con Rigoletto. La Grand March de Aida se convirtió en el emblema del espectáculo operístico monumental: elefantes, esclavos, trompetas de fama instantánea, la emoción del poder visual al servicio de la música.
Verdi murió el 27 de enero de 1901 en Milán. Había pedido que el funeral fuera en silencio. Pero cuando su cortejo pasó por las calles de Milán, la gente que llenaba las aceras empezó a cantar espontáneamente "Va, pensiero." La policía no podía detener a cien mil personas cantando en voz baja el coro de los esclavos.
Puccini: el compositor del pueblo
Si Verdi fue el compositor de la nación italiana, Giacomo Puccini (1858–1924) fue el compositor del pueblo de todo el mundo. Nacido en Lucca, Toscana, en una familia con cinco generaciones de músicos, Puccini heredó la tradición pero la llevó hacia un territorio completamente nuevo: el verismo, el realismo emocional, la ópera que no habla de reyes y esclavos sino de personas comunes viviendo, amando y muriendo en el mundo contemporáneo.
En una década extraordinaria que va de 1893 a 1904, Puccini escribió cuatro óperas que por sí solas bastarían para hacer la reputación de cualquier compositor: Manon Lescaut, La Bohème, Tosca y Madama Butterfly.
La Bohème (1896) — estrenada en Turín bajo la batuta de Arturo Toscanini, que tenía veintinueve años — cuenta la historia de un grupo de jóvenes artistas pobres en París y el amor entre el poeta Rodolfo y Mimì, que muere de tuberculosis. Es la ópera más representada del mundo por razones que van más allá de la música: habla de la juventud, de la pobreza sin dramatismo, del amor que llega cuando uno no tiene nada, de la muerte que llega cuando uno empieza a tener todo. George Bernard Shaw escribió sobre Puccini: "Parece más el heredero de Verdi que cualquiera de sus rivales."
Tosca (1900) es la ópera más violenta del repertorio estándar: asesinato, tortura, chantaje, doble traición, salto al vacío desde las murallas del Castillo Sant'Angelo. La soprano Tosca es el personaje más dramático de la ópera italiana: una mujer que mata para proteger al hombre que ama y que descubre demasiado tarde que la ha traicionado la misma persona que quería salvar.
Madama Butterfly (1904) — la historia de Cio-Cio-San, la joven japonesa que espera durante años al oficial americano que la abandonó y que la destruye cuando vuelve con su esposa americana — fue un fracaso estrepitoso en su estreno en La Scala. Puccini la revisó y la repuso tres meses después en Brescia: fue un triunfo absoluto. La distancia entre el fracaso y el éxito de la misma obra fue de ochenta y nueve días.
Su obra final, Turandot, quedó inacabada cuando Puccini murió de cáncer de garganta en Bruselas el 29 de noviembre de 1924, a los sesenta y cinco años. Su discípulo Alfredo Catalani la completó y fue estrenada en La Scala en 1926 por Toscanini, quien en el momento donde la música de Puccini terminaba y empezaba la de Catalani, detuvo la orquesta, se volvió al público y dijo: "Aquí el Maestro dejó su pluma." El aria "Nessun Dorma" de Turandot — "Nessun dorma, nessun dorma" — se convirtió, cuando Luciano Pavarotti la cantó en la inauguración del Mundial de Fútbol Italia 90 ante millones de espectadores en todo el mundo, en el aria de ópera más famosa del siglo XX.
La Scala: el templo
Ninguna historia de la ópera italiana está completa sin el Teatro alla Scala de Milán, fundado en 1778, que fue durante dos siglos el escenario más importante del mundo operístico y que hoy sigue siendo el medidor por excelencia del prestigio de un cantante o un director de orquesta.
Verdi estrenó allí algunas de sus óperas. Toscanini lo dirigió durante años y lo convirtió en sinónimo de excelencia absoluta. María Callas — la soprano greco- americana cuya carrera en los años cincuenta redefinió lo que una cantante de ópera podía hacer con una voz y con un papel — hizo allí algunas de sus actuaciones más legendarias. El nombre "La Scala" en el mundo de la ópera tiene la misma resonancia que "el Louvre" en el mundo del arte o "el MoMA" en el mundo del arte contemporáneo.
El legado: cuatro siglos de influencia
La ópera italiana inventó el concepto de la "estrella" — el artista cuya presencia en el cartel vende las entradas independientemente del título — siglos antes de que Hollywood lo perfeccionara. Inventó el concepto del "aria" — la pieza autónoma dentro de una obra mayor que puede vivir por sí sola fuera del contexto — que el pop y el musical adoptaron sin saberlo. Inventó la idea de que la emoción humana puede y debe ser exagerada en la música porque la exageración es la verdad del arte y no su falsificación.
Esa herencia es directa: sin Verdi no hay Richard Wagner. Sin Puccini no hay Andrew Lloyd Webber. Sin el bel canto no hay el concepto de "the voice" que define el pop del siglo XX desde Frank Sinatra hasta Mariah Carey. La ópera italiana es la madre de casi todo lo que el siglo XX consideró música popular seria.
Nota editorial: Cuando Verdi murió en 1901, había pedido un entierro silencioso. En el primer cortejo, la gente en las aceras comenzó a tararear "Va, pensiero" sin ponerse de acuerdo, sin que nadie lo organizara, porque esa canción era de todos. Treinta días después lo trasladaron definitivamente a su tumba en la Casa de Reposo para Músicos que él mismo había fundado en Milán para músicos ancianos que no tenían medios de sustento. En ese segundo traslado, doscientas mil personas acompañaron el cortejo por las calles de Milán cantando "Va, pensiero." No había nadie dirigiendo. La ciudad simplemente sabía la canción.
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Top 10 de la Ópera Italiana
La Bohème
Puccini
1896
Rigoletto
Verdi
1851
La Traviata
Verdi
1853
Tosca
Puccini
1900
Nabucco
Verdi
1842
Madama Butterfly
Puccini
1904
Il Barbiere di Siviglia
Rossini
1816
Norma
Bellini
1831
Turandot
Puccini
1926
Lucia di Lammermoor
Donizetti
1835
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