La historia detrás
Mi propia trampa suena como un golpe seco de guitarra que se repite con insistencia, como si cada nota fuera una advertencia que el narrador se lanza a sí mismo. No hay adornos aquí: el tema avanza con un ritmo que recuerda a esos blues viejos donde la voz y el instrumento se desafían sin piedad. La letra, corta y directa, juega con la ironía de caer en la propia trampa que uno mismo armó, y esa simplicidad es lo que la hace pegajosa. No es una canción que te invite a cerrar los ojos y soñar, sino a abrir los oídos y sentir el peso de cada palabra.
Calamaro la grabó en un momento en que el rock argentino buscaba reinventarse, justo cuando el país salía de una dictadura y la música se convertía en un espacio de libertad. Antes de que Andrés Calamaro se convirtiera en un nombre propio del género, ya había pasado por bandas como Raíces en Uruguay, donde tocaba el teclado, y luego por formaciones efímeras como la Chorizo Colorado Blues Band o Elmer's Band. Pero fue en Stress, ese grupo que luego derivaría en Proyecto Erekto, donde encontró un sonido más crudo y directo. Mi propia trampa nació ahí, en medio de ensayos y giras improvisadas, cuando la urgencia de tocar era más fuerte que cualquier plan. No hay producción pulida ni arreglos rebuscados: solo la esencia de un músico que ya sabía que la música, a veces, es la mejor y la peor de las trampas.