La historia detrás
Moskavalza no es una canción que se escuche, se sienta. Empieza con un golpe seco de percusión que se repite como un latido irregular, casi como si el tiempo mismo se hubiera desincronizado. La voz de Vinicio Capossela entra con un fraseo que oscila entre lo narrativo y lo onírico, arrastrando las palabras como si cada sílaba pesara más que la anterior. No es un tema que se deje tocar al azar: el bajo traza líneas melódicas que se enredan con la armónica, mientras el acordeón —ese instrumento que parece llevar siglos de historias en su fuelle— dibuja paisajes que van de lo rural a lo fantasmagórico. La duración de 5:33 no es casual: es el tiempo justo para que la canción se desarrolle como un ritual, sin prisas pero sin pausas.
La grabó en 2005, en las Officine Meccaniche de Mauro Pagani, ese lugar donde el rock italiano se mezcla con el folclore sin que nadie pida explicaciones. Ovunque proteggi, el álbum al que pertenece, llegó a las tiendas en enero de 2006 después de casi seis años de silencio discográfico, un paréntesis en el que Capossela se sumergió en la Irpinia, su tierra de origen, y en la literatura del Novecento. Pero esta canción en particular no suena a despedida ni a regreso: suena a algo que ya existía antes de ser grabado, como si las notas hubieran estado esperando en algún rincón de Italia a que alguien las sacara a la luz. La Targa Tenco que ganó el disco en 2006 —y su segundo puesto en la lista de Mojo al año siguiente— no hacen más que confirmar que, a veces, lo auténtico no necesita etiquetas.