La portada lo muestra con pelliccia y una máscara sarda, como si fuera un personaje de mito. Lo usó también en el tour, como el Minotauro de Brucia Troia, una canción que arranca con el sonido de los shofar, esos instrumentos de madera que suenan como un grito. Esa canción es una versión del salmo 59, con una voz que se mueve entre la fe y la desesperación.
En otras canciones, como Al colosseo, se mete en la historia de Roma, describiendo con crudeza los espectáculos del circo. Hace un homenaje a Tom Waits, pero lo hace con su propia voz, como si estuviera cantando en un lugar donde el silencio es más fuerte que el ruido. También hay referencias a la Rusia de antes de 1991, con nombres como Vysotskyj y Majakovskij, y una frase de Ivan el Terribile que mezcla inglés y ruso.
No es un disco de ritmo suave. Es más bien un viaje, un recorrido por historias que no se dejan de lado. La música lo acompaña, pero lo que queda es la sensación de que algo importante está pasando, aunque no se sepa exactamente qué.