Lo que más destaca es cómo el álbum se sostiene en tres canciones que son como pilares. Potosí, por ejemplo, arranca con un riff de guitarra que parece un tren andando a contratiempo, y el saxofón entra como un grito que no avisa. Mañana tiene ese aire de balada que no se queda quieta, con un bajo que camina seguro y una batería que golpea como si estuviera marcando el paso de alguien que no quiere parar. Y Burbujas es pura energía contenida, un tema que suena a fiesta que empieza cuando todos ya están cansados. El disco no tiene relleno: cada canción parece necesaria, como si hubieran escrito solo lo que realmente les salía del pecho.
Lo grabaron en tres semanas, con equipos que pidieron prestados y sin tiempo para pulir detalles. Eso se nota en el sonido: hay una urgencia en las voces, un desorden que termina siendo parte de su encanto. El disco vendió lo suficiente para que la banda pudiera seguir tocando sin depender de nadie, y aunque no llegó a ser un fenómeno masivo fuera de Uruguay, les abrió las puertas para que el público de otros países los descubriera. No buscaban ser los más escuchados, sino sonar como ellos mismos, y en eso acertaron.