La historia detrás
El viejo suena como un desahogo en tres minutos y siete segundos. No es solo la trompeta que entra con ese aire de urgencia, ni el bajo que se enreda en un ritmo que parece escaparse de los compases comunes. Hay algo en la forma en que la voz de Sebastián Teysera, "el Enano", se quiebra al final de cada estrofa, como si el personaje que retrata —un viejo que camina por la ciudad— llevara el peso de todo lo que no dijo en vida. La canción no pide permiso: arranca con un golpe seco de batería y se expande en capas de metales que no suenan a adornos, sino a la respiración misma de la calle.
La grabó el equipo que armaron en secreto para el concurso Generación '96, cuando aún no tenían nombre en los circuitos grandes. El disco salió con el sello Obligado Records, pero detrás de los créditos estaba Claudio Taddei, un músico uruguayo que le dio forma a ese sonido crudo que mezclaba rock, reggae y ska sin etiquetas. Para cuando llegó a los escenarios del verano del '98, ya llevaban el Deskarado como bandera y el Teatro de Verano de Montevideo como segundo hogar. Telonear a Los Piojos en Buenos Aires les abrió las puertas, pero fue el oro y luego el platino los que les dieron el respiro para seguir girando sin pedir permiso.
El salto a otro nivel llegó cuando Gustavo Santaolalla se interesó en el material. No solo remezcló el disco en 1999 bajo el sello Surco/Universal, sino que les mostró que había un público más allá del Río de la Plata. La Girafónica del 2000, bautizada así por la afonía que los dejó sin voz en cada show, fue el bautismo de fuego en Argentina. Para De bichos y flores, en el 2001, ya grababan en Buenos Aires y terminaban en Los Angeles, con Santaolalla como productor desde el primer día. El viejo de la canción, ese que camina sin rumbo, terminó siendo también el símbolo de una banda que no dejó que las fronteras les marcaran el paso.