La historia detrás
Qué se puede hacer, salvo ver películas suena a un disco que se armó entre ensayos y errores calculados. La banda La Máquina de Hacer Pájaros ya había probado el terreno con su primer trabajo en 1976, pero aquí se nota que el sonido se les escapó de las manos: los arreglos se estiran, los teclados se enredan en capas que no siempre siguen el compás tradicional, y la voz de Charly García fluye como si estuviera improvisando sobre un boceto. No es un tema que suene a canción convencional, sino a un experimento que se resiste a quedarse quieto. El piano y el sintetizador se turnan para llevar la melodía, mientras la batería de Oscar Moro marca un ritmo que parece cambiar de idea cada dos compases. Grabado en los estudios Ion en 1977, el tema dura seis minutos y dieciséis segundos, tiempo suficiente para que cada instrumento se luzca sin apuros.
El álbum Películas salió ese mismo año bajo el sello Talent Microfón y fue el cierre de una etapa para la banda. No buscaban sonar como nadie más: querían que los arreglos respiraran, que los silencios pesaran y que las transiciones entre secciones fueran tan naturales como inesperadas. El diseñador Juan Oreste Gatti se encargó de la portada, un detalle que en esa época ya decía mucho sobre el cuidado que le ponían a cada proyecto. Años después, en 2007, la revista Rolling Stone argentina lo incluyó en su lista de los 100 mejores discos del rock nacional, pero en su momento no era un álbum pensado para el éxito masivo. Era, simplemente, lo que salía cuando dejaban que la música se tomara su tiempo.