La historia detrás
Fuegos de octubre arranca con un golpe seco que se repite como un eco de advertencia. No es un tema que se arrastra ni se desparrama: en tres minutos y treinta y ocho segundos, la canción te clava en el lugar con un ritmo que parece respirar entrecortado, como si cada nota llevara el peso de algo que está por pasar. El bajo y la batería se enredan en un compás que no termina de acomodarse, mientras la guitarra de Skay Beilinson traza líneas cortantes que cortan el aire. Es ese desajuste lo que le da su fuerza: no suena a algo calculado para encajar, sino a un momento en el que la música se resiste a ser domada.
El disco Oktubre se grabó en medio de ese clima de finales de los ochenta, cuando la Argentina recién salía de una dictadura y el mundo seguía dividido por la Guerra Fría. Carlos Alberto Indio Solari y Skay Beilinson armaron un sonido que no era el rock clásico de antes ni el new wave que empezaba a sonar en otros lados: mezclaron guitarras afiladas con toques de saxofón y percusión que le daban un aire a banda de circo oscuro. Fuegos de octubre no habla de una revolución concreta, pero lleva en el título la idea de un estallido que puede ser político, personal o incluso musical. La letra, llena de imágenes que se superponen como en un sueño febril, juega con esa ambigüedad: no dice qué hay que quemar, pero deja claro que algo se va a quemar.