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Muse

El sonido de Muse se sostiene sobre tres pilares: la guitarra de Matt Bellamy que oscila entre lo épico y lo íntimo, el bajo de Christopher Wolstenholme convertido en columna vertebral del conjunto, y la batería de Dominic Howard que marca el pulso con precisión casi orquestal. No es casual que su música suene a veces como una sinfonía distorsionada: Bellamy estudió a Liszt y Rachmaninoff, y ese ADN romántico se cuela en los arreglos, incluso cuando el riff central parece sacado de un estadio al borde del colapso. El bajo, por su parte, rara vez se limita a marcar el ritmo; suele emerger como un zumbido grave que sostiene melodías que, en otras bandas, serían puras guitarras. Y Howard, detrás de su batería, no solo lleva el compás: construye climas, acelera el tiempo o lo detiene con fills que parecen escritos para un concierto de rock sinfónico. Cuando tocan en vivo, esa arquitectura se vuelve física: el público no solo escucha, siente cómo las paredes vibran al ritmo de un bajo que parece venir de otra dimensión.

El salto de Muse de ser una banda de pueblo a figurar en carteles internacionales no fue gradual, sino casi un acto de rebeldía. En 1994, bajo el nombre Rocket Baby Dolls y con una imagen goth/glam que incluía destrozar sus instrumentos al final de cada show, ganaron un concurso local llamado "Battle of the Bands". La victoria los tomó por sorpresa: creían que el formato era ridículo, pero el premio —y sobre todo, la atención que generó— los convenció de que podían tomarse en serio. Renunciaron a la universidad, dejaron sus trabajos y se mudaron de Teignmouth, en Devon. El nombre Muse llegó después, sugerido por un profesor de arte que veía en ellos una especie de inspiración colectiva, como si algo los hubiera "invocado" para tocar juntos. La banda adoptó la idea porque, además de corta, encajaba perfectamente en los carteles. Pero el detalle más curioso no fue el nombre, sino cómo se formaron: Bellamy tocaba en Carnage Mayhem (versiones de Michael Jackson), Howard en Gothic Plague (grunge), y Wolstenholme, que originalmente era baterista, aprendió a tocar el bajo en solo unas semanas para unirse a ellos. El trío no solo encontró su sonido, sino también su dinámica: Bellamy como cerebro creativo, Howard como motor rítmico y Wolstenholme como el puente entre ambos.

1 Álbumes
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1 álbum|es · 2009

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Biografía

Su primer disco, Showbiz (1999), producido por John Leckie —el mismo que había trabajado con Radiohead en The Bends—, los colocó en el mapa. Los singles "Cave" y "Muscle Museum" sonaron en radios europeas, pero fueron los temas más oscuros como "Sunburn" los que definieron su esencia: guitarras que se retuercen, bajos que gruñen y letras que hablan de soledad en pueblos pequeños. El álbum vendió 700.000 copias sin necesidad de grandes giras, pero el verdadero giro llegó con Origin of Symmetry (2001). Aquí, Bellamy llevó su obsesión por el piano clásico a otro nivel: canciones como "Plug In Baby" no suenan a rock, sino a una suite sinfónica con distorsión. La banda ya no era una promesa; era un fenómeno que cruzaba fronteras. Absolution (2003) consolidó ese salto: temas como "Time Is Running Out" mezclaban coros grandilocuentes con grooves que recordaban al funk, mientras que la portada —un astronauta en caída libre— resumía su estética: caos controlado, como si tocaran al borde de un abismo. Para entonces, ya no necesitaban comparaciones con nadie. Habían encontrado su propio lenguaje.

En Black Holes and Revelations (2006), el sonido se volvió aún más ambicioso. Grabado entre Francia, Italia y Inglaterra, el disco mezcla rock espacial con toques de electrónica y hasta un guiño a la música italiana en "Supermassive Black Hole". La canción que da título al álbum suena como un himno cósmico, con un bajo que parece venir de las profundidades del universo y guitarras que imitan sirenas de naves interestelares. El disco los llevó a tocar en el Estadio Olímpico de Roma ante 60.000 personas, un registro que quedó plasmado en HAARP (2008), un álbum en vivo que captura esa energía: Howard golpeando los platillos como si cada golpe fuera un latido del planeta, Wolstenholme moviendo el bajo como si fuera un ariete, y Bellamy desafiando al público con notas que parecen imposibles. Para entonces, ya no eran una banda; eran un espectáculo en sí mismos.

Con The Resistance (2009) y Drones (2015), ganaron dos Grammy al Mejor Álbum de Rock y demostraron que podían evolucionar sin perder su esencia. El primero es una ópera rock sobre la resistencia humana, con coros que recuerdan a Queen y guitarras que imitan himnos de guerra. El segundo, Drones, es un disco conceptual sobre la deshumanización, donde el bajo y la batería crean atmósferas opresivas, como si el álbum mismo fuera un campo de batalla. Entre medio, The 2nd Law (2012) los llevó a explorar el electro y el dubstep, pero incluso en sus experimentos más arriesgados, hay algo que siempre los delata: ese bajo que late como un corazón, esas guitarras que parecen escritas para ser gritadas en un estadio, y esa obsesión por convertir cada canción en un viaje. No importa si el escenario es un club en Manchester o el O2 Arena de Londres: cuando Muse sube al escenario, no tocan música. Construyen catedrales de sonido.

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