Entre las canciones que más destacan está What I Got, un tema que rompió con todo lo que habían hecho antes. No era el típico ska acelerado ni el punk agresivo de Paddle Out; aquí Nowell bajó la velocidad y dejó que la melodía respirara. El resto del álbum oscila entre lo frenético —como Seed, donde los cambios de tempo son tan bruscos que parece que el tema se desarma y vuelve a armarse— y lo pausado, como en Jailhouse, una versión de un tema de Bob Marley que suena más íntima que el original. Santeria y Doin’ Time cierran el círculo: la primera con ese riff pegajoso que se cuela en la cabeza, la segunda con un groove que mezcla hip hop y reggae hasta que cuesta distinguir dónde empieza uno y termina el otro.
Lo que más sorprende es cómo el disco logró vender cinco veces platino en solo tres años, algo que ni ellos ni su sello MCA esperaban. No fue solo el éxito de What I Got —que llegó al puesto 29 en el Billboard y se quedó ahí semanas— sino la manera en que el álbum conectó con gente que no escuchaba ska ni punk. La muerte de Nowell lo convirtió en un fenómeno póstumo: canciones como April 29, 1992 (Miami) o Caress Me Down sonaron en radios de todo Estados Unidos sin que nadie les hubiera pedido permiso. Grabado en vivo en el estudio, con errores incluidos y sin editar después, el sonido crudo es parte de su encanto. No era un disco perfecto, pero sonaba real, como si cada nota hubiera sido capturada en el momento exacto en que alguien la pensó.