La historia detrás
Babasónicos grabó Yoli en el mismo año en que la Argentina vivió uno de sus momentos más difíciles, 2001. El tema apareció en Jessico, un disco que no solo consolidó a la banda en el rock local, sino que también se convirtió en un reflejo sonoro de esa época. La canción, con sus tres minutos y pico, no busca épica ni grandilocuencia: su fuerza está en cómo el ritmo y la letra se entrelazan sin aviso, como si el caos de afuera hubiera entrado de golpe al estudio. No es un tema que suene a himno, pero sí a algo que se clava rápido: una base pegajosa que no se suelta, guitarras que aparecen y desaparecen como destellos, y una voz que avanza con esa mezcla de desparpajo y precisión que siempre caracterizó al grupo.
Lo curioso es que Jessico no nació como un disco pensado para el éxito masivo. Se grabó en medio de la incertidumbre económica y política del país, con equipos que no eran los ideales y en un contexto donde lo último que parecía importar era la música. Sin embargo, ahí quedó Yoli, junto a otras canciones que terminaron definiendo no solo un álbum, sino una década. La revista Rolling Stone la ubicó entre los 100 mejores discos del rock argentino, y tanto lectores como críticos de Inrokuptibles y el suplemento Sí! de Clarín la eligieron como lo mejor del año. Hasta los músicos consultados por Página 12 la destacaron en su encuesta anual. Más allá de las fronteras, la revista Elástica de Los Ángeles la premió como mejor disco de rock latino. Pero lo más interesante no son los premios, sino cómo una canción grabada en esas circunstancias logró quedarse.