La historia detrás
Cuando te sumergís en *Run Like Hell*, te encontrás con una atmósfera cargada, casi palpable. La canción arranca con esa introducción que simula el murmullo de una multitud, un sonido que se va desdibujando para dar paso a un riff de guitarra que se clava en la cabeza. Es un patrón rítmico que se repite, pero con una sensación de urgencia, como si algo estuviera a punto de suceder. La letra, escrita por Roger Waters, nos lleva a un momento de delirio, donde el protagonista, un rockstar desencantado, se transforma en una figura autoritaria que incita a la violencia. La música, en gran parte compuesta por David Gilmour, acompaña esta visión con una energía cruda, casi agresiva. Es interesante notar que esta pieza es la última composición original en la que colaboraron Gilmour y Waters bajo el nombre de Pink Floyd, y también fue la última vez que los cuatro miembros de la formación clásica grabaron juntos.
La grabación de *The Wall* en 1979 fue un proceso intenso, y *Run Like Hell* no fue la excepción. La música, que inicialmente Waters había concebido de otra manera, fue finalmente reemplazada por la propuesta de Gilmour durante las maquetas. El resultado es una pieza que se distingue por su solo de teclado, el único en todo el álbum, a cargo de Richard Wright. Tras la voz de Waters, un sintetizador toma el relevo, creando un puente hacia un final más despojado, donde la guitarra sostiene un patrón repetitivo con ecos, acompañado de efectos de sonido que buscan generar una sensación de inquietud: risas crueles, pasos apresurados, el chirrido de neumáticos y un grito agudo. La versión que escuchás en el álbum tiene una duración de 4:20, pero se lanzó un corte para single de 3:41. En vivo, la canción se expandía, llegando a durar más de nueve minutos, y Guy Pratt, el bajista de gira, solía compartir las voces con Gilmour, adaptando la letra a la ciudad donde tocaban.