La historia detrás
Cordón de oro suena a ese tango que uno escucha en una esquina de Buenos Aires y de repente está bailando sin darse cuenta. Tiene ese aire de milonga que se engancha desde los primeros compases, como si el bandoneón de Aníbal Troilo —Pichuco— contara una historia que ya conocemos pero que siempre se renueva. No es el típico tango de salón: aquí el ritmo se estira, se contrae, juega con los silencios como si supiera que el oyente va a querer tararearlo al día siguiente.
La grabó en 1975, el mismo año en que Troilo dejó de tocar para siempre. No hay registros de ensayos ni de ajustes de último momento: el disco se armó rápido, con esa urgencia que a veces tienen las obras que saben que no van a durar. El bandoneón suena más grave de lo habitual, como si el peso de los años se hubiera colado entre las notas. Y ese título, Cordón de oro, no es casual: evoca algo valioso pero frágil, como un detalle que se pierde entre las manos pero que queda grabado en la memoria.