La historia detrás
Cachirulo suena como un suspiro que se alarga en el aire del Abasto. Es de esas piezas que parecen hechas para cerrar una noche de milongas, con ese aire de confesión que solo el bandoneón de Aníbal Troilo —Pichuco— sabe transmitir. La melodía tiene una cadencia que no apura, como si cada nota respirara antes de caer en el siguiente compás. No es un tema que golpee, sino que envuelve, y en esos 2 minutos y 34 segundos hay algo que trasciende el tiempo: un tango que suena a despedida sin drama, a historia contada en voz baja.
Troilo la grabó en algún momento de su madurez, cuando ya llevaba décadas pisando los escenarios porteños y había convertido el bandoneón en una extensión de su propia voz. El Cachirulo no nació de un encargo ni de una moda pasajera: salió de ese taller de sonidos que era su orquesta, donde los arreglos se pulían entre ensayo y ensayo hasta encontrar ese equilibrio entre lo íntimo y lo colectivo. No hay datos de fechas exactas en los registros, pero el tema forma parte de ese puñado de obras que sobrevivieron al paso de los años sin perder ni un gramo de su esencia. Quizá por eso sigue sonando igual de cercana hoy, como si cada vez que la escuchás, Troilo te guiñara un ojo desde el otro lado del disco.