Entre sus canciones, Clavado en un bar y En el muelle de San Blás se convirtieron en hitos inmediatos. La primera, con su groove pegajoso, sonaba igual en Madrid que en Los Ángeles, mientras que la segunda llevaba la nostalgia del mar a cada rincón donde se escuchara. Pero el cierre del disco escondía un detalle curioso: después de Ámame hasta que me muera, dejaron un mensaje al revés que, si alguien lograba descifrarlo, ganaba entradas para sus conciertos. Un guiño que conectaba con su público más curioso.
El reconocimiento llegó rápido. En 1998 se colgó su primer Grammy en la pared, en la categoría de Best Latin Rock/Alternative Performance, y al año siguiente el Premio Lo Nuestro lo nombró Pop Album of the Year, compartiendo el honor con Shakira. Para 2002 ya habían vendido 3.5 millones de copias, y en 2001 lo lanzaron en formato DVD-Audio para quienes querían llevarse el sonido —y la experiencia— a otro nivel. No buscaban solo vender discos, sino crear algo que oliera a mar y a libertad. Y lo lograron.