La historia detrás
Aníbal Troilo le puso música a una pregunta que muchos se hacen alguna vez: Total pa' qué sirvo. En solo dos minutos y cuarenta segundos, el bandoneón de Pichuco dibuja una melodía que suena a confesión íntima, como si el instrumento respirara junto al que lo toca. No es un tango que avanza con pasos firmes, sino uno que se arrastra, se detiene y vuelve a empezar, como si cada nota llevara el peso de una duda que no termina de resolverse. El fraseo es quebrado, casi conversacional, y el bandoneón no brilla con virtuosismo hueco, sino que suena a voz humana: ronca, directa, sin adornos que no sirvan.
La canción nació en los años setenta, cuando Troilo ya llevaba décadas siendo una figura clave del tango porteño. No fue un tema pensado para ser éxito masivo, sino una pieza más de ese universo que él exploraba desde el barrio del Abasto, donde creció entre bares donde el bandoneón sonaba a todas horas. La grabó en algún momento de 1975, el mismo año en que la muerte lo alcanzó, y en esa brevedad de Total pa' qué sirvo se siente algo más que una canción: hay un eco de lo que queda cuando la vida empieza a medir lo que uno aporta. El bandoneón no pide nada, solo deja caer las notas como quien suelta una verdad que ya no tiene vuelta atrás.