La historia detrás
Moonlight in Vermont es una de esas canciones que te atrapan desde los primeros acordes. No es solo la voz de Ella Fitzgerald deslizándose entre notas con esa precisión que parece imposible, ni el acompañamiento del Oscar Peterson Quartet que marca el ritmo con una elegancia contenida. Es la manera en que ambos logran convertir un tema que podría sonar a cliché —un vals suave sobre un paisaje nevado— en algo íntimo y vivo. Fitzgerald canta como si cada palabra fuera una caricia, y Armstrong, con su trompeta o su voz grave, le responde como si estuviera allí, a su lado, bajo la misma luna que ilumina Vermont.
El álbum Ella and Louis, grabado en agosto de 1956 en los recién estrenados Capitol Studios de Hollywood, fue el primero de tres trabajos que Norman Granz —dueño del sello Verve Records— ideó para unir a Ella Fitzgerald y Louis Armstrong. No buscaban un éxito comercial, sino algo más raro: una conversación musical donde el swing de Armstrong y la claridad de Fitzgerald se complementaran sin forzarse. Moonlight in Vermont, con sus 3:42 de duración, es un ejemplo perfecto de ese equilibrio. Fitzgerald canta la letra de John Mercer sobre la música de Karl Suessdorf con una naturalidad que hace olvidar que está interpretando una canción escrita décadas antes. El resultado no es una grabación fría, sino una pieza que suena a dos amigos compartiendo un momento, aunque nunca se hayan visto en persona.