La historia detrás
Blew Away (version 1) flota en el aire como un suspiro atrapado entre capas de distorsión. No es el tema más conocido de The Smashing Pumpkins, pero ahí está, breve y punzante, con esos tres minutos y medio que parecen contener más aire que el que queda después de un grito. La versión original —la que grabó la banda en los estudios de Chicago— huele a tinta fresca y a cables quemados: guitarras que se entrelazan como ramas de un árbol retorcido, una batería que late con urgencia y una voz que suena a confesión a gritos. No hay espacio para adornos aquí; el peso recae en la tensión entre lo melódico y lo caótico, como si la canción respirara a través de un filtro de estática.
La historia detrás de Siamese Dream —el álbum que la contiene— ya es casi un mito en sí misma. Corrieron rumores de que Billy Corgan grabó casi todas las guitarras él solo, en sesiones que se extendieron hasta el agotamiento, con Butch Vig al mando de la mesa de sonido como un cirujano que intenta domar la furia. El disco salió en julio de 1993 y, contra todo pronóstico, se coló en el Billboard 200 directo al puesto diez. No fue un éxito instantáneo, sino uno que creció con el tiempo: la Recording Industry Association of America le terminó dando cuatro discos de platino, y hoy supera los seis millones de copias en todo el mundo. Pero Blew Away (version 1) quedó como un detalle oculto en ese huracán, una pista que muchos pasan por alto y que, sin embargo, tiene esa magia de lo incompleto: como si la canción hubiera sido arrancada de un ensayo a las tres de la mañana, con la batería aún caliente y las cuerdas de la guitarra vibrando en el aire.