Lo que más sorprende al tocar sus temas es cómo Washington logra que lo complejo suene natural. Change of the Guard, por ejemplo, abre con un solo de saxo tenor que se expande como una ola, mientras el bajo de Miles Mosley dibuja líneas melódicas que parecen flotar. Pero donde el disco brilla es en su capacidad para guiar al oyente: Cherokee usa un ritmo que recuerda al swing clásico, pero con armonías que desvían hacia territorios inesperados, como si el jazz de los años 30 hubiera sido teletransportado a un futuro alternativo. La prensa lo notó: en Metacritic sumó 83 puntos sobre 100 con críticas mayormente entusiastas, y medios como Pitchfork le dieron el sello Best New Music, destacando que el álbum cumple lo que promete sin caer en pretensiones vacías.
Detrás de cada nota hay un detalle que vale la pena explorar. Henrietta Our Hero, con su sección de cuerdas dirigida por Neel Hammond, muestra cómo Washington equilibra la grandiosidad con la intimidad: el coro repite frases cortas que actúan como anclas, mientras el piano de Cameron Graves improvisa sobre un patrón que vuelve una y otra vez, como un latido constante. No es un disco para escuchar de pasada: es una invitación a sentarse, prestar atención y dejar que la música te lleve por donde quiera. Y aunque su duración —más de dos horas— pueda intimidar, cada tema está construido para que el oyente se sienta parte de algo más grande.