La canción que abre el disco, La salvación, arranca con un riff que no termina de acomodarse, como si buscara el compás justo. Es el tipo de tema que uno escucha dos veces seguidas sin darse cuenta: la primera por curiosidad, la segunda porque ya está tarareando sin querer. Más adelante, Tiburón tiene un aire a esas películas de terror de los ochenta donde el miedo se siente en el silencio antes del golpe, pero con letras que hablan de lo que se ahoga en el día a día. Y en medio de todo eso, Última noche se planta como un cierre que no cierra del todo, con una melodía que se desvanece como el humo de un cigarrillo en la oscuridad.
Lo curioso es cómo Nina logró este sonido sin haber crecido en un ambiente donde la música fuera el centro de todo. Su padre, Fabio Suárez, fue parte de una banda que marcó a muchos en los noventa, pero en su casa el arte siempre convivió con la austeridad. Ella misma cuenta que aprendió a manejar para ser la primera en su familia en tener un auto, y ese Gol con el sticker de Mar del Plata se convirtió en su refugio móvil entre funciones de teatro, ensayos y grabaciones. El disco no suena como un producto calculado, sino como algo que fue tomando forma entre lo que se hereda y lo que se elige vivir.