La producción, a cargo de Dori Caymmi, se caracteriza por un enfoque de composición sutil, donde cada elemento se siente tangible. La voz de Gal, que en ese momento aún se presentaba bajo su nombre real, Maria da Graça, destaca por su pureza casi etérea, lejos del estilo más rockero que adoptaría más adelante. Esta voz, junto a la guitarra de Caetano, establece un diálogo delicado que refleja una intimidad técnica, donde las cuerdas se perciben tanto como se escuchan. Las orquestaciones se mantienen en segundo plano, como ecos de una banda sonora distante, creando una conexión emocional a través de la sutileza.
El título del álbum y su melancolía no son solo elecciones estéticas; representan un estado de espera que Caetano describió durante la creación del disco. La primera pista, Coração Vagabundo, encapsula esta sensación de anhelo. Lo interesante es que, en este proyecto, ambos artistas brillan en igual medida, formando una unidad atmosférica. Para el oyente contemporáneo, Domingo se presenta como un artefacto sofisticado que revela que la verdadera resonancia emocional a menudo reside en los matices más sutiles. Este álbum es un retrato de una era que se apaga en un susurro, justo antes de que el mundo se tornara irremediablemente ruidoso.