De los diez temas, tres saltan por encima del resto. Curami es puro caos controlado: un riff que se repite como un latido enfermo y una letra que suena a advertencia o a consuelo, según se escuche. Trafitto va más allá: la batería golpea como un martillo neumático y la voz se quiebra en cada sílaba, como si el cantante estuviera a punto de reírse o de llorar. Valium Tavor Serenase, por su parte, es un viaje de tres minutos donde la melodía se desarma y vuelve a armarse, con un estribillo que se clava en la cabeza como un gancho oxidado. El resto de las canciones mantienen ese mismo pulso: Noia suena a aburrimiento convertido en arte, Emilia paranoica —en su versión remix— parece un espejo roto de la región de donde vienen, y Morire cierra el disco con un suspiro que no es de alivio.
El impacto de este álbum no se midió en ventas ni en premios, sino en cómo otros músicos lo usaron como punto de partida. Bandas como los Management o los Massimo Volume reconocieron que aquí había algo nuevo: una mezcla de rabia y melodía que no encajaba en ningún género. Incluso grupos más recientes, como los Modena City Ramblers, han versionado sus canciones, demostrando que el punk filosovietico de los CCCP sigue vivo décadas después. Lo grabaron en tres semanas con equipos prestados y sin pretensiones de grandeza, pero salió un disco que, sin querer, se convirtió en un manual para quienes querían hacer música sin seguir reglas.