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La historia detrás
Concerto de Nácar: Lento melancolico, según DoReSol
Si hay un momento en el que el bandoneón se vuelve transparente, como si el sonido se filtrara por capas de nácar, es en este Lento melancólico del Concerto de Nácar. No es un vals ni un tango tradicional, sino esa clase de pieza que se cuela entre los géneros sin pedir permiso. El aire que respira es el de un atardecer porteño: lento, con esa melancolía que no aprieta, sino que se expande. El bandoneón aquí no grita; susurra, y en ese susurro está la novedad de Piazzolla. La duración, siete minutos y cuatro segundos, no es casual: es el tiempo justo para que la melodía se despliegue sin prisa, como un río que serpentea hasta perderse en el horizonte. Lo que más sorprende es cómo logra sonar a la vez antiguo y moderno, como si el Piazzolla de los cincuenta hubiera escuchado algo que nadie más escuchó en su época.
Este Concerto de Nácar no nació de un encargo ni de una moda pasajera. Surgió en un momento en que el tango ortodoxo —ese que defendía la Guardia Vieja con uñas y dientes— lo había declarado traidor a su esencia. Piazzolla, que había estudiado armonía con Nadia Boulanger en París y antes había tocado para Aníbal Troilo, decidió que su música no sería ni tango ni clásica pura, sino otra cosa. Lo compuso en los años sesenta, cuando los sellos discográficos lo miraban con recelo y las radios se negaban a pasarlo. Para él, no era un experimento: era su respuesta a quienes le decían que estaba matando el tango. "Es música contemporánea de Buenos Aires", les espetó. Y vaya si lo era: en este Lento melancólico, el bandoneón se desprende de los moldes viejos y se convierte en un instrumento de otra época, sin dejar de ser porteño. Lo curioso es que, décadas después, serían los músicos de rock quienes lo reivindicarían, como si hubieran descubierto tarde que en esas notas había algo que ellos también buscaban.
Del álbum
The Soul of Tango, Greatest Hits
Astor Piazzolla · 2021 · Track 10
Datos