El disco abre con dos temas que sorprenden por su calma: Love’s in Need of Love Today y Have a Talk with God, donde el piano y la voz de Wonder suenan casi íntimos. Pero pronto el ritmo se acelera: Village Ghetto Land llega con un sintetizador barroco que imita una crítica mordaz a la pobreza urbana, mientras que Contusion es un tributo jazzístico al Duke Ellington, lleno de bronces y cambios de tempo. Los hits no tardan: Sir Duke y I Wish se convirtieron en números uno, pero el disco va mucho más allá. En Black Man, Wonder usa el Bicentenario de EE.UU. para repasar las contribuciones de quienes construyeron el país, y en Pastime Paradise plantea una pregunta incómoda: ¿qué pasa cuando el pasado nos atrapa? Hasta las canciones más personales, como Isn’t She Lovely —dedicada a su hija recién nacida— o Summer Soft, donde evoca la nostalgia de un amor perdido, tienen una profundidad que las hace memorables. El EP A Something’s Extra cierra con Another Star, un tema que suena a celebración y despedida al mismo tiempo.
El impacto fue inmediato: Songs in the Key of Life debutó en el primer puesto del Billboard 200 y se mantuvo trece semanas allí, algo poco común incluso para un artista de su calibre. Vendió millones y ganó el Grammy al Álbum del Año en 1977, pero lo más curioso es cómo logró eso sin seguir fórmulas. Wonder grabó todo con equipos prestados, mezcló géneros sin aviso y dejó que las imperfecciones —como los coros que se cortan o los cambios de tempo abruptos— fueran parte del sonido. Décadas después, sigue siendo el único álbum doble en alcanzar el estatus de Diamond en EE.UU., y su influencia se nota en músicos que van desde el jazz hasta el hip-hop. No era solo un disco: era un manifiesto de libertad creativa.