De los trece temas, tres se destacaron por cómo conectaron con el público. Sé que ya no volverás fue uno de esos cortes que la gente empezó a tararear en la calle, y no por casualidad: la base de guitarra tiene un movimiento que se repite como un eco, pero sin caer en lo repetitivo. Penélope, por su parte, tenía ese aire de balada con un giro inesperado en el estribillo, donde la voz de Diego Torres se estira sobre un fondo de cuerdas que no opacan la letra. Y Quise olvidar cerraba el círculo: un tema con un ritmo que va y viene, como si el narrador no pudiera decidir si avanzar o quedarse en el mismo lugar. El tracklist completo incluía otros títulos que no pasaron desapercibidos —Alba, Océano—, pero estos tres fueron los que terminaron sonando en las radios y en los shows.
El álbum no solo vendió bien en Argentina: cruzó fronteras y se coló en listas de Latinoamérica y Europa. Para cuando Diego Torres lo presentó en vivo, ya había acumulado discos de oro y platino, y récords como llenar estadios en Buenos Aires. Pero más allá de las cifras, lo interesante es cómo Luna nueva reflejaba ese momento en que el pop argentino dejaba de imitar sonidos extranjeros para sonar con identidad propia. No era un disco que buscara ser revolucionario; simplemente sonaba a verdad, a esas canciones que uno escucha y siente que podrían haber sido escritas ayer.