Hay dos piezas que destacan por cómo condensan su estilo. La primera es La melodía de nuestro adiós, que le da nombre al disco y funciona como un adiós musical en sí misma. No es casualidad que el título suene a despedida: el tango, en su esencia, siempre lo fue. La segunda es Silueta porteña, donde el bandoneón y el violín se entrelazan como en los viejos tiempos de los conventillos, esos cuartos alquilados donde Canaro creció escuchando el rumor de las calles. El disco no busca sorprender, sino recordar: cada tema parece sacado de un álbum de los años 30, como si el tiempo se hubiera detenido en el taller donde armó su primer violín.
Lo curioso es que, pese a su aire a reliquia, este trabajo terminó siendo reconocido más de una década después. En 2001, Canaro recibió un Premios Latin Grammy por Se dice de mí —una canción que, aunque no está en este disco, lleva su firma—, como si el mundo le devolviera, tarde pero con justicia, el homenaje que él siempre le rindió al tango. Las reediciones posteriores le dieron una segunda vida, pero el mérito está en que, incluso en su aparente sencillez, La melodía de nuestro adiós sigue siendo un puente entre lo que fue y lo que sigue vivo en cada milonga.